Sus viajes lo han llevado a América Latina, el Caribe, África, Oceanía y Europa. Ha trabajado como asesor técnico para gobiernos, ministerios y parlamentos, ha dictado más de 750 conferencias y más de 700 cursos a agricultores y campesinos, ha publicado 40 artículos científicos y ha dado a conocer 16 libros en temas de agricultura orgánica. Su trabajo consiste en enseñar la forma en que una agricultura orgánica puede regenerar la fertilidad biológica y mineral de los suelos agrícolas, y de la necesidad de que esa regeneración vaya acompañada de una producción viable de alimentos sanos, baratos para el consumidor y rentables para el agricultor. Y lo hace a partir de preceptos muy sencillos y prácticos. Como afirma él mismo “la mierda de vaca es revolucionaria”.

¿Qué diferencias hay entre la agricultura regenerativa y la agricultura ecológica convencional?

La propuesta de una agricultura diferente, con todos los matices que se le quieran dar, es marcar diferencias con la agricultura industrial. No puede existir una agricultura que no tenga en cuenta lo humano. En la agricultura convencional no es el humano el que decide, sino la máquina y el capital. El avasallador, el colonizador, el especulador y el estafador es el que manipula con la cuestión de los alimentos. La comercialización de los alimentos es atentar contra la dignidad de la gente. El alimento se convierte en dominación.

¿En qué sentido?

Dime qué comes y te diré qué piensas. La propuesta de la agricultura orgánica es volver a recuperar la parcela de la humanidad. Las ventajas de la agricultura orgánica es que produce energía y no la gasta. Para producir una tonelada de fertilizante químico, por ejemplo, necesito gastar cuatro unidades petroleras. También se protege la salud de los consumidores y los trabajadores, se protege la naturaleza y la vida, y existen una serie de valores. Hay humanidad, hay sensibilidad, hay emoción.

Digamos que el hombre coge las riendas de su alimentación ¿es lo que usted llama soberanía alimentaria?

Soberanía alimentaria y autodeterminación de los pueblos para decidir sobre su alimentación. Pero todo eso no es independiente de temas como la salud, la educación, la cultura y las condiciones básicas para sobrevivir. No podemos hablar de soberanía nutricional sino se tienen en cuenta esas cosas. La autonomía de la alimentación es un concepto más amplio.

¿La agricultura puede ser un punto de partida para un cambio social?

Yo digo que la agricultura es una manera de extender la vida. La vida es un milagro que, como todos los milagros, no se deja descubrir. Cada uno lo encuadra donde quiere. Lo que está claro es que vivimos en una sociedad donde lo que prima es el tiempo, cuando el tiempo no existe, existe el continuo movimiento.

Una falta de tiempo típica del mundo urbano ¿qué relación puede establecerse entre el campo y la ciudad?

En la ciudad es donde se pierde la identidad del ser humano y sus relaciones. Las ciudades son parásitas, dependientes y están en decadencia. Allí no hay personas, hay individuos. Me hace gracia que hay personas que hacen una analogía curiosa, cuando dicen que la ciudad es una selva. Es mentira. En la selva hay espacio para todos mientras que en las ciudades hay segregación por espacios. En la naturaleza no hay segregación. Ojalá las ciudades fueran como la selva, donde existe una armonía entre todas las especies.

En cuanto a su trabajo en agricultura orgánica, usted habla muchas veces de microbiología.

Sí, la microbiología es el cerebro de la tierra. La fertilidad es el resultado de un pensamiento. Ese pensamiento está en un cerebro y el cerebro es la microbiología. Una tierra que no tiene microbios no puede expresar ningún pensamiento. Por otro lado, la tierra que se expresa de forma diversa es porque abajo también es diversa. Cuando nutro la tierra con un solo pensamiento, sobre ella solo hay monocultivos. Es como una biblioteca con miles de ejemplares de un solo libro. La pregunta es la siguiente, ¿Quién consume ese pensamiento simplificado tiene también una erosión de su conocimiento?

La íntima conexión entre estómago y cerebro.

No existe el cerebro despegado del estómago. El estómago define lo que se debe pensar. Si yo paso hambre, por ejemplo, mi pensamiento es totalmente diferente. Nos alimentamos de una comida que provoca graves secuelas cerebrales. La sangre que te circula es el resumen de todo lo que consumes. La sangre son minerales líquidos y estamos comiendo alimentos desmineralizados. Lo que estás comiendo te roba la vitalidad y hace aumentar todas las patologías.

¿Cómo se puede trabajar mejor con nuestra alimentación?

Existen mecanismos de destrucción del ser. Uno de ellos es partir de alimentos neurotóxicos, que afectan al sistema límbico y a la capacidad de pensar. Los alimentos actúan directamente sobre el sistema inmunológico y lo reprimen. Se dan entonces nuevas enfermedades y nuevas patologías. Lo que comemos son alimentos no vitales, que deprimen más que activan. Es el proceso xenobiótico, que es consumir alimentos extraños al organismo.

¿En qué consiste?

El estómago debe decodificar los conservantes, por ejemplo. Tiene que usar mecanismos químicos para entenderlo. Hay sustancias que el cuerpo humano no las reconoce y se da una pelea química que puede provocar patologías. El alimento peor y más extraño es el que más se conserva. Nosotros nacimos para alimentarnos al día, pero en la ciudad hemos perdido la referencia de lo que es el día. La alimentación, la agricultura y la farmacia no son más que un negocio. Un negocio en el que el 52 por ciento de la superficie del planeta le pertenece al 1 por ciento de la población. Y el 62 por ciento de la economía del mundo pertenece a cien empresas, que a su vez tienen filiales.

¿Y por qué existe ahora un auge de los productos llamados ecológicos?

Realmente estoy un poco preocupado por la rapidez de ese auge. El año pasado la agricultura orgánica movió 47.000 millones de dólares, y el mismo Banco Mundial ha abierto un departamento de agroecología. Eso significa que la industria no va a cerrar, simplemente va a cambiar de mercancía. La agricultura orgánica ahora les rinde, haciendo preparados orgánicos a escala, que son más baratos. En España, por ejemplo, hay ya 2 millones de hectáreas destinadas a este tipo de agricultura.

Lo cierto es que, por ejemplo en Latinoamérica, existen grandes desigualdades que quizás ponen en duda todo ese auge económico.

Cierto. Allí se dan grandes desigualdades. Todo abajo y todo arriba. Pero en Europa también se está dando una proletarización terrible, con una clase media resentida que no quiere ser proletaria. Esa es la clase más hija de puta que te puedas imaginar. Es la que te va a joder. Los de arriba son los que ven que pueden utilizar esa clase media para reprimir. Eso es lo que pasa en Argentina en estos momentos. Existe un libro llamado Mal comimos, de Soledad Barruti, con el subtítulo “cómo la industria alimentaria argentina nos mata”. El 56 por ciento del territorio agrícola argentino es de soja. Se han eliminado casi 600.000 pequeños productores en los últimos diez años. Ese 56 por ciento son 250.000 kilómetros cuadrados, lo que equivale a tener la mitad de España cultivando soja transgénica.

En manos de unos pocos.

¿Sabes quien tiene una finca de 90.000 kilómetros destinados al cultivo de soja transgénica? Grobopatel, un agrónomo que dicta las reglas de la Universidad de Buenos Aires. El Plan Agrario Argentino lo ha trazado él, es el que le da las coordenadas a la muchacha Cristina.

¿De qué forma crees que se puede cambiar esa dinámica?

La dinámica consiste en recuperar lo humano, y lo humano es partir desde abajo. La agricultura no llega por decreto ni porque el rey quiera. Quien decreta un proyecto colectivo es la sociedad. Eso se consigue con el respeto a las personas y la tolerancia. Eso sí, para la tolerancia hemos de partir de unos principios básicos: el respeto a la vida y la solidaridad. El respeto a la diferencia se hace sin negar los principios del otro.

Por: Jordi Ardid

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Rancho Uha
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San Luis de la Paz, Gto.

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Col. El Retoño,CDMéx

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Barrio San Francisco, CDMéx

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Col. Del Valle, México DF

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