El poder de simplemente hacer las cosas

¿Qué pasará cuando se acabe el petróleo? Ésta fue la pregunta que se hizo Rob Hopkins, ambientalista inglés preocupado por el cambio climático. Con una diferencia: en vez de sumirse en el pesimismo apocalíptico, y armado con el espíritu del punk, Hopkins y sus amigos resolvieron que no había que esperar soluciones desde arriba, sino empezar, ya, a construir alternativas: monedas locales, bancos de tiempo, huertos urbanos, energías renovables. Su movimiento se ha reproducido por todo el mundo.

 

Rob Hopkins vivía en una vieja granja en Irlanda, lejos de la ciudad, con su esposa y sus cuatro hijos. Casi había terminado de construir el proyecto de sus sueños: una casa de adobe que les había costado dos años y medio de trabajo en una ecoaldea pintoresca y con una granja orgánica. De día enseñaba permacultura en una universidad cercana; de noche partía el pan con su familia y sus vecinos. Hasta que, un día, un incendio acabó con su casa y convirtió su sueño en cenizas.

Este desastre personal animó a Hopkins a buscar que su trabajo causara mayor efecto. “Me convencí de que nos urgía hacer estas cosas a mayor escala y que necesitábamos hacerlo con la participación de la comunidad. Había que volver a las ciudades, donde está la gente: es ahí donde debían surgir las alternativas”, asegura Hopkins.

Así se gestó el impulso para iniciar un movimiento, llamado Aldeas en Transición, que arrancó como una colección de iniciativas aparentemente insignificantes y aisladas, pero que en conjunto forman un modelo de desarrollo local se ha propagado por todo el mundo: una red solar comunitaria en una aldea japonesa; un proyecto de murales en Michoacán; un tianguis de trueque en Querétaro; una panadería comunitaria en una favela brasileña; un banco de tiempo en Nueva Zelanda.

Todas son expresiones locales de un movimiento global con más de mil iniciativas en 50 países que busca afrontar uno de los retos más abrumadores de nuestro tiempo: preparar el terreno para una vida sin petróleo.

Según algunos climatólogos, si queremos que la temperatura del planeta no suba más de dos grados —y resulta cada vez más evidente que dos grados es demasiado— deberíamos dejar bajo tierra cuatro quintas partes de los combustibles fósiles actualmente identificados —sin considerar siquiera la búsqueda de nuevos yacimientos.

“El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático dice que, si no hacemos nada, los efectos serán severos, generalizados e irreversibles”, dice Hopkins en entrevista telefónica para magis.

Un estudio reciente del Insituto Federal de Tecnología Suizo demuestra que las olas de calor extremo se han cuadruplicado desde el inicio de la Revolución Industrial y advierte que éstas podrían aumentar 62 veces más si no disminuimos de forma drástica la quema de combustibles fósiles.

“No hay más alternativa que la descarbonización profunda y urgente”, dijo Hopkins en una charla TED en 2009. Esta idea tiene implicaciones hondas, pues la economía global, en prácticamente todos sus ámbitos, parte de la premisa falsa de que hay suministros ilimitados de petróleo barato.

Lo audaz de la propuesta de Hopkins reside en su convicción de que esta necesidad de cambiar el paradigma podría mejorar la calidad de vida de todos, si las comunidades planean un futuro de bajo suministro de energía utilizando medios creativos, proactivos y colaborativos. Los transicionistas se imaginan comunidades hechas para peatones, que consumen alimentos locales, energía renovable, con vecinos que no sólo se conocen sino que se apoyan.

Y eso es precisamente lo que pretende el Movimiento de Transición: lograr que las comunidades locales se vuelvan autosuficientes, más sintonizadas con la naturaleza y más resilientes —una palabra de moda entre los transicionistas—, es decir, capaces de aguantar los cambios rápidos.

“Tenemos la oportunidad de crear algo tan histórico como la Revolución Industrial, tan histórico como todas esas transformaciones que han surgido con el Movimiento de los Derechos Civiles o el Movimiento Feminista”, dice Hopkins. “Se trata de una oportunidad extraordinaria para volver a imaginar cómo relacionarnos unos con otros, cómo convivir, cómo trabajar como cultura. Aunque estemos mirando el problema a través de la lente del cambio climático y de la energía, en el fondo se trata de que hemos olvidado cómo relacionarnos”.

¿Cómo consiguió Rob Hopkins convertirse, de un alumno mediocre —según sus propias palabras—, en catalizador de un movimiento global? No fue una transformación radical, sino un proceso gradual, al estilo de la naturaleza, como el proceso de doce pasos que plantea en su primer libro, The Transition Handbook (El Manual de la Transición: De la dependencia del petróleo a la resiliencia local).

Hopkins nació en 1968. A los 14 años ya no aguantaba las escuelas de Londres, así es que pidió vivir con una tía en Bristol, donde asistió a una escuela alternativa Rudolf Steiner. “Cuando me preguntan: ‘¿Qué sacaste de tu estancia en una escuela Steiner?’, esperan que diga: ‘Un profundo amor por la naturaleza’. Pero lo que saqué fue un amor por las cosas medio malhechas, pero hechas con gran pasión y entusiasmo”, bromeó recientemente durante un concierto de beneficiencia en el que escogió sus historias y canciones favoritas —una antología ecléctica que incluye canciones de The Velvet Underground, Massive Attack, Jack White y The Specials—.

Dejando de lado la ironía, la educación holística de Hopkins le resultaría bastante útil durante los años siguientes. El ethos autosuficiente de la cultura punk fue otra inspiración desde la adolescencia. “Una cosa fantástica que recuerdo: una imagen hecha a mano de cómo tocar tres acordes, y decía ‘Aquí están los tres acordes; ahora formen una banda’. Me encantaba ese espíritu, ese tipo de cultura de Hágalo usted mismo”.

Los estudios académicos no eran lo suyo; a los 18 años dejó la escuela y terminó trabajando y estudiando en un centro budista de retiros en la Toscana. Desde ahí viajó durante un año por Pakistán, el Tíbet y la India, donde conoció a Emma, quien se convertiría en su esposa y la madre de sus cuatro hijos.

Viajó con un amigo que estaba estudiando permacultura, un sistema de diseño integral que trabaja con la naturaleza para crear hábitats humanos y restaurar ecosistemas, pero Rob no le hallaba sentido. Hasta que volvió a casa y, sin esperarlo, recibió de regalo un ejemplar del libro Permaculture: A Designer’s Manual (Permacultura: El manual del diseñador), de Bill Mollison.

“Alguien se había dado a la tarea de escribir un manual de restauración de la tierra. Qué cosa más increíble”, recuerda. “Caí en la cuenta de que no necesitaba estudiar edafología durante tres años para empezar a cultivar alimentos. No necesitaba estudiar agricultura por tres años para saber cómo alimentar a mi familia. Y no necesitaba titularme en arquitectura para aprender a construir una vivienda. Y eso fue tremendamente liberador: salí de ahí y me puse simplemente a hacer cosas”.

La permacultura llegaría a ser el marco de su proyecto de vida. Él y Emma fueron a vivir a Irlanda; Hopkins daba clases en la universidad local en el pueblo de Kinsale, donde estableció el primer curso de permacultura de dos años en el mundo y diseñó la primera ecoaldea legal en el país. Se estaba preparando para el inicio del semestre con una proyección de la película The End of Suburbia (El fin de los suburbios), cuando supo que uno de los personajes que salen en la película, el geólogo petrolero jubilado Colin Campbell, promotor del concepto pico petrolero, vivía cerca. Lo invitó, proyectó la película, y esta experiencia fue otro parteaguas en su vida.

“Nunca se me había ocurrido la idea de que los combustibles fósiles pudieran ser finitos”, dijo Hopkins. “Fue una especie de explosión para mí y empezó a incidir en mi manera de pensar, en lo que enseñaba y en lo que hacíamos”.

Hopkins y sus estudiantes desarrollaron un Plan de Acción para el Descenso Energético (PADE) de Kinsale —un enfoque proactivo de preparación para el pico petrolero, que se convirtió en el fundamento de las iniciativas de Transición en todo el mundo—. “El pade fue descargado tantas veces que casi tronó la conexión de internet del pueblo”, escribió Ben Brangwyn, quien después haría equipo con Hopkins para crear la Red de Transición.

Fue entonces cuando el incendio consumió su sueño bucólico en la ecoaldea. Su mentor e inspiración, Bill Mollison, había escrito que la única respuesta ética frente a la crisis ambiental era hacerte de un terreno y cultivar tus propios alimentos. Por más que Rob creyera que estos principios eran clave, empezó a sospechar que el enfoque de Mollison no daba el ancho.

“¿Qué pasa si la aldea vecina está pasando frío y hambre? ¿Voy a defender mi terruño con la fuerza de las armas? Cualquier respuesta tiene que unir a la gente, no dividirla”.

Buscó en internet, pero los resultados contenían pocas ideas que ayudaran a encontrar una solución. “Lo que más salía eran hombres peludos de Nebraska sentados en una pickup llena de papel de baño para cuatro años, armas y frijoles enlatados. No pude dejar de pensar que hacía falta una respuesta más compasiva, en vez de una llamada al egoísmo”.

Decidieron ir a vivir a Totnes, una especie de Tepoztlán inglés, foco de pensamiento y acción alternativos, que contaba con una larga historia de producción local de alimentos. Cuando Hopkins llegó, casi nadie había oído el concepto pico petrolero, pero luego conoció a Naresh Giangrande, un emprendedor con la mirada fija en la sustentabilidad, que daba talleres acerca del cambio climático acelerado, que se llamaban “Vivir en el Borde”, y sabía perfectamente de lo que hablaba Hopkins. Formaron equipo y se pusieron a trabajar en un plan de descenso energético para Totnes.

Como buenos permaculturistas, buscaron los mejores diseños para solucionar los problemas. “Una manera era relocalizar nuestras economías, encontrar maneras de vivir con menos y revisar todos los aspectos de la vida: transporte, alimentos, salud, educación”, dice Giangrande.

La gente estaba harta de escuchar problemas; lo que querían era buscar soluciones. En septiembre de 2006, Hopkins y Giangrande anunciaron el “lanzamiento” oficial de la Aldea de Transición de Totnes. Quedaron asombrados y encantados de que se presentaran 450 personas. Organizaron grupos en los que los participantes imaginaban y planeaban su futuro. Comenzaron a desarrollarse iniciativas que iban desde la creación de una moneda local, una empresa local de generación de energía e intercambios de semillas, hasta cursos para rescatar habilidades básicas que se estaban perdiendo en la Era de la Información.

Hopkins escribió intensivamente acerca de estos acontecimientos en su blog, aprovechando lo que en aquel entonces era un medio emergente para difundir información, y empezó a responder preguntas procedentes de todo el mundo.

Ben Brangwyn no tardó mucho en entrar a escena. Brangwyn era profesional de la informática y de la mercadotecnia y, al igual que Giangrande, se dio cuenta del desastre inminente y dejó su profesión para buscar cómo enfrentar la crisis. Asistía a un curso en el Schumacher College, cerca de Totnes, que se llamaba “La vida más allá del petróleo”, donde escuchó una de las pláticas de Hopkins. “Vi a un tipo parado bajo un tsunami, pero que no se daba cuenta cabal de ello”, recuerda Brangwyn.

“Le dije: ‘Rob, ¿qué harías con 300 mil dólares?’. Hopkins hizo un gesto de alivio y dijo: ‘Me clonaría y me voltearía para mirar hacia afuera’. En ese momento nació la Red de Transición”.

Junto con Peter Lipman —otro fundador de la Red de Transición y director de la empresa de transporte sustentable Sustrans—, Brangwyn desarrolló la base financiera y de infraestructura para una red global, mientras Rob escribía El manual de la transición, que se ha traducido a por lo menos seis idiomas y se ha convertido en el libro de cabecera de los grupos de Transición en todo el mundo. Desde entonces ha escrito otros dos libros: The Transition Companion (2011) y El poder de simplemente hacer cosas (2013).

“Pronto empezaron a llegar consultas internacionales”, dijo Brangwyn. “Era evidente que el concepto de transición saltaría al escenario mundial, cosa que nos sorprendía y encantaba”.

En menos de dos años surgieron iniciativas en Nueva Zelanda, Estados Unidos, Australia, Canadá, Alemania, Irlanda, Italia, los Países Bajos, Escocia, Sudáfrica, España, Suecia y Gales; más de 80 iniciativas florecían en Reino Unido.

Cada comunidad desarrollaba sus propias prioridades y su propio enfoque: algunas se concentraban en la agricultura y los alimentos, desarrollando huertos urbanos, programas de vinculación entre granjas y mercados, tianguis de productos locales. Otras trabajaban más en el campo de la economía. Se crearon monedas locales en Bristol, Brixton y Lewes; Brixton innovó permitiendo los pagos municipales por teléfono móvil, y el alcalde de Bristol anunció que aceptaría su sueldo íntegro en libras bristolianas.

A Trenna Cormack, autora de Be the Change: Action and Reflection from People Transforming Our World, le llamó especialmente la atención la estrategia de lanzar monedas locales. “Es subversivo y genial —asegura—, ha ayudado a que el dinero continúe circulando dentro de una economía local, donde deja beneficio, en vez de desaparecer en el hoyo negro de las cadenas comerciales”.

También destaca el rápido crecimiento de las empresas energéticas comunitarias, que han juntado dinero para comprar un sistema de energía solar, como la de la ciudad de Lewes, en el sur de Inglaterra, que hizo un convenio con una cervecería local. “Hace falta mucho valor y visión para hacer algo tan grande”, dice. “Pero si hemos de prepararnos para un mundo con menos petróleo, es lo que tenemos que hacer”.

Para Peter Lipman, cofundador de la Red de Transición y actual presidente de su Junta de Gobierno, la mayor fortaleza que le ha permitido que esta red crezca en tantos contextos es su inclusi-
vidad.

“[El movimiento] no está diciendo que la respuesta tiene que ser ésta o aquélla; está diciendo: ¿Cuáles son las preguntas? Está invitando a la gente a integrarse con su propia agenda, en vez de decirle que adopte la nuestra”, dice. “Si no empiezo a pensar qué es lo que le importa a la gente con la que quiero establecer una relación, no llegaré muy lejos”.

A pesar de que ya hay más de mil grupos de Transición en el mundo, a pesar de los tres libros y dos documentales, los líderes de Transición son muy cautelosos al hablar de “éxitos”.

“Todos tenemos una pregunta en mente: ¿Será suficiente?”, dice Brangwyn. “Una manera en que expresamos esa incertidumbre es así: Si esperamos a que el gobierno actúe, será demasiado poco y demasiado tarde; si lo hacemos como individuos, será demasiado poco; pero si lo hacemos como comunidades, puede ser suficiente y justo a tiempo”.

Por: Tracy L. Barnett / Traducción: William Quinn