El lujo de vivir sin dinero

Jo Nemeth, de 47 años, en el huerto de la granja de Nueva Gales del Sur (Australia) en la que ha vivido el último año y medio

La australiana que hace año y medio renunció al consumo ha demostrado que se puede vivir sin ingresos, y bien.

Hace un año y medio, Jo Nemeth dio a su vida un giro de 180 grados: decidió vivir sin dinero y, por tanto, sin consumo, para reducir su huella ecológica (el impacto que nuestras acciones tienen en el medio ambiente) y demostrar de este modo que no sólo es posible mantenerse sin ingresos, sino que, además, no se vive nada mal. “A veces me presionan para volver a la vida con dinero, pero no quiero, me gusta vivir así”, dice Nemeth.

En enero de 2015, esta australiana de 47 años se despidió de su trabajo como coordinadora de un programa de desarrollo comunitario. Dejó el piso que alquilaba junto a su entonces pareja y su hija, y se mudó a la granja de unos amigos. “Me gustaba mi trabajo, eran sólo unas 20 horas a la semana y cobraba un buen sueldo. Aun así, vivía muy agobiada, siempre corría de un lado a otro, me costaba pagar las facturas de la casa... esto no lo manejaba bien y, al final, era un estrés”, explica.

En la decisión de llevar una vida sencilla también pesaba el impacto ambiental que implican todas las actividades orientadas al consumo: desde la compra de alimentos y ropa, el transporte de combustible o la utilización de energía no renovable. “Fuera donde fuera, mi dinero estaba contribuyendo a la destrucción del planeta y a empeorar no sólo la situación del medio ambiente, sino la de todas las personas que sufren a costa de la ingente cantidad de recursos que Occidente demanda para producir todo lo que consumimos. Cada vez que gastaba dinero me sentía fatal, así que decidí dejar de hacerlo”, afirma Nemeth.

Jo Nemeth (47 años) en su granja en New South Wales (Australia), donde vive. (Marta Montojo Torrente)
Jo Nemeth (47 años) en su granja en New South Wales (Australia), donde vive. (Marta Montojo Torrente)

 

Fundó una regla: no consumiría nada que fuera exclusivamente para su propio beneficio, pero sí aprovecharía aquellos productos que ya hubieran sido adquiridos. Se dice a sí misma “oportunista alimentaria”. Come de lo que cultiva en la finca, y de lo que sus vecinos y amigos desperdician. “No le hago ascos a nada. Si ellos compran té que luego no les gusta y lo tiran, yo lo cojo y, así, hago un mejor uso de un recurso que ya ha sido consumido”.

Se abastece del agua de la lluvia y del río que almacena en un depósito. Utiliza energía gracias a una placa solar portátil que adquirió antes del cambio y que va con ella a todas partes. Esta le suministra energía suficiente para cargar el móvil y el portátil, tecnologías a las que no ha renunciado. Aunque disfruta de una línea móvil de prepago, que corre a cargo de un amigo suyo, no tiene acceso a internet. Se conecta ­desde las casas de sus conocidos y desde allí escribe su blog jolowimpact.wordpress.com, en el que cuenta su experiencia y anima a otros a reducir su huella ambiental.
Algo muy importante que he aprendido es lo generosa que es la gente”

Para desplazarse, hace autostop. “El carburante que utiliza un coche lo va a gastar igualmente, por lo que el impacto ambiental ya se ha producido” explica Nemeth, y añade: “Incluso muchos conductores se muestran agradecidos con los autostopistas porque les hacen sentirse mejor al amortizar más el combustible empleado”. Al mismo tiempo “se evita el consumo que supondría utilizar otro vehículo a motor, y que tendría nuevas consecuencias ecológicas”, añade.

Algunas personas le han ofrecido pagar sus billetes de avión, pero ella los rechazó, por la importante huella de carbono que tiene el transporte aéreo. “Al tratarse de una isla, es común viajar a Asia en yate, y mi intención es conseguir subirme a alguno de esos barcos”, explica la australiana. Sin embargo, se encuentra con el obstáculo de los pasaportes y visados necesarios para visitar otros países que sí son de pago.

Jo Nemeth (47 años) en su granja en New South Wales (Australia), donde vive. (Marta Montojo Torrente)
Jo Nemeth (47 años) en su granja en New South Wales (Australia), donde vive. (Marta Montojo Torrente)

 

Nemeth hace frente a numerosas críticas que, sobre todo, provienen de las redes sociales. “Me llaman vaga, y dicen que debería pagar impuestos. A veces me pregunto si tendrán razón, pero pienso que sólo estoy haciendo algo positivo para el medio ambiente”. Por otro lado, sus conocidos la apoyan y, en muchos casos, le ofrecen dinero y comida. “Algo muy importante que he aprendido es lo generosa que es la gente. A veces tengo que rechazar la ayuda, porque simplemente no la necesito”, señala.

Otro capítulo importante es el de la salud. A sus 47 años y, tras haber sufrido cáncer de piel, necesita estar alerta por si surgiera algún otro problema. Aunque la Seguridad Social cubre las consultas médicas, excluye las de especialistas. “En este último año y medio sólo he ido al médico tres veces, y ha sido gratis. En caso de que tuviera que ver a un especialista, probablemente cuente con la ayuda de mis amigos, pero no me gustaría depender de ellos”, aclara Nemeth.

Entre tanto, ella disfruta de su tiempo. Cada día, dedica unos minutos a la tierra, hace visitas, lee, escribe... “Es una vida muy fácil. Creo que es como a muchos les gustaría vivir, pero no lo hacen, porque creen que renunciar al dinero implica también renunciar a la comodidad, y no es así”, concluye.

Por: Marta Montojo Torrente / La Vanguardia

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