Bosque de niebla y el otro documental mexicano

Al levantarme por la mañana para ir hacia la cotidianidad siempre aparecen en mi camino dos crisis al acecho. Por un lado, está la crisis global del cambio climático, de los Trumps, los desastres naturales, los desaparecidos, los refugiados, las guerras y el bombardeo mediático; y por el otro, la crisis individual del transporte, de las aspiraciones de mi Trump interno, de los pagos, del exceso de trabajo (o la falta de éste) y de la saturación en forma de pantalla.

Ante estas dos problemáticas, que evidentemente son una sola, las narrativas contemporáneas sobre el futuro suelen ser desesperanzadoras, nihilistas o evasivas, pues apuntan hacia el caos y la ruina, o hacia el esbozo de un mundo sin soluciones, donde toda utopía es una mera broma inalcanzable.

En cuanto a narrativas en miras de futuros posibles, en el caso específico de México, la producción de cine documental de los últimos años se ha centrado, y con razón, en hablar del narcotráfico, de las desapariciones de periodistas y estudiantes, o bien, de la sociedad periférica, de lo marginal, de esos tantos otros que somos. Se trata de una radiografía de heridas abiertas, de sistemas enfermos y de huesos enterrados.

Sin embargo, en medio de este panorama de diagnósticos de aniquilación total, a veces surgen filmes como Bosque de niebla, de Mónica Álvarez Franco, que nos invitan a mirar los pulmones que respiran con tranquilidad, el corazón que palpita de emoción y la sangre que se puede derramar para parirnos otra vez.

Mucha gente se pregunta para qué traer un hijo a este mundo en colapso, o bien, por qué no traer un hijo al mundo si de cualquier forma siempre han existido las crisis y es deber de cada generación adaptarse a ellas. La forma en que la directora de Bosque de niebla se contestó esta pregunta fue haciendo el documental. En éste se muestra la vida en un rancho llamado Las Cañadas, cerca de Huatusco, Veracruz, en donde se vive en coexistencia ecológica y comunitaria. En tan sólo 15 años, una porción de 300 hectáreas de rancho ganadero se ha convertido en un bosque tropical, uno de los más biodiversos del planeta.

En un principio, supe de este rancho ecológico a través de una querida amiga (en realidad, maestra) que conocí en un viaje a Chiapas. Más tarde supe del documental y así pude ver a los integrantes de la cooperativa de Las Cañadas trabajar para conservar el bosque y nutrirse de él, mientras que los animales viven sin sentencias de muerte y los niños juegan sin el horario que impone la estimulación temprana. Los jóvenes entienden por qué están ahí y por qué quieren estar ahí; aun así, son libres de irse a encontrar su vida cuando crezcan. No hay necesidad de rendimiento, ganancias o acumulaciones.

En la escuela comunitaria estos jóvenes aprenden de dónde viene lo que los mantiene vivos, por dentro y por fuera. Ahí estudia Haya, una joven de unos 15 años que se pregunta si funcionarán los noviazgos a distancia, pero que sabe que la tierra en la que vive no debe tener dueño. Para mí, el punto nodal de este documental se encuentran en esa escuela donde la ternura del descubrimiento y la lucidez de la sabiduría convergen en jóvenes de secundaria.

Si traemos más seres humanos al mundo es para mostrarles la tierra, no para heredarles el rancho, el coche, la nariz respingada y la casa. Y si les enseñamos la tierra, ellos nos enseñarán la vida. Con esa hipótesis fui a conocer el bosque.

Al lado de Las Cañadas se encuentra el rancho Las Bellotas, otras 100 hectáreas de bosque en conservación, ahí se encuentra el Ashram del Bosque de Niebla, donde me quedé un par de días. Una de las cosas que más me atraen de este tipo de viajes es una sensación que sólo sentí en las calles de la ciudad cuando pidieron silencio entre los escombros del sismo del 19 de septiembre pasado. Se trata de la sensación de estar entre un nosotros aunque nadie se conozca. Es la sensación de que la comunidad está ahí y tú puedes estar para ella.

Como si el hado intentara responder a mi hipótesis, de entre todas las cosas que encontré en el bosque, hallé también a una niña de 14 años que trepa a los árboles, sorbe gotas de agua de las hojas en las mañanas y ayuda a conservar su hogar con ímpetu adolescente y el goce de un niño que abre un juguete nuevo.

También he visto a las mujeres que viven en el rancho nadar, cantar y bailar con sus hijos, tropezar y caerse con ellos de puro gusto, sin que nadie piense en abrochar ningún cinturón de seguridad o tomar la medicina para la alergia. Es verdad que no he visto la lluvia caer por semanas, ni estuve ahí los días en los que toca vaciar los baños secos. Aunque vi muy poco, pude reconocerme en la idea de habitar un hogar que no termina en la puerta o la ventana.

Desde ciertas perspectivas, especialmente las citadinas, podría parecer que se trata de una vida de renuncia, de aislamiento, una vida que no vale la pena sin carne, sin buena conexión de internet, sin “nada que hacer”. Al menos yo siento que ya he renunciado a tantas cosas sin darme cuenta (aire, árboles, silencio, libertad para decidir qué hacer con mi tiempo), que el hecho de concebir una forma de vida alternativa como una renuncia o un sacrificio me parece puro síndrome de Estocolmo.

Mientras Ciudad del Cabo está por quedarse sin agua y Mad Max nos va enseñando cómo vivir en la guerra por los recursos, existen comunidades donde el agua conserva su ciclo vital (para eso es la tecnología) y donde los deshechos se convierten en nutrientes. Es una verdad evidente, pero no me había parecido tan tranquilizadora hasta que el guía del retiro en el ashram nos recordó que el agua del planeta, desde que el mundo es mundo, siempre ha sido la misma y puede ser recuperada. Y no sólo eso, puede ser recuperada por la misma sociedad que sabe levantar escombros y desenterrar huesos.

Siguiendo este orden de verdades evidentes, así como el agua sucia se purifica, la mierda se convierte en abono. No me había planteado la posibilidad de que incluso cagar fuera un acto de creación, porque en la ciudad y en el progreso, absolutamente todo es desperdicio en potencia, todos parecemos tener obsolescencia programada. En cambio, cuando estamos en un lugar donde es posible observar atentamente el ciclo de la vida, parece que no tenemos edad.

Quizás si mi vida fuera más cómoda no me vería en la urgencia de salir a buscar otras posibilidades para vivir, trabajar o ir al baño. Sé que muchas personas no están dispuestas a cambiar su forma de vida en el corto plazo (en el largo plazo no quedará mucha opción). Sin embargo, pienso en quienes se sienten como yo, quienes están hartos de ir a trabajar para los intereses egoístas y sin sentido de otros, en quienes tienen vocaciones que van abandonando poco a poco, quienes alternan el trabajo en exceso con la distracción exprés, quienes entristecemos los domingos por la noche y los lunes por la mañana. Quizás sea momento de organizar algo más que una peda.

Existen cada vez más lugares como éste alrededor del mundo y me atrevo a decir que crecerán de manera proporcional al índice de trastornos de ansiedad de la población. Bosque de niebla fue para mí un primer vislumbre de algo que intuía pero que no había podido experimentar. Este documental no ha solucionado la crisis global ni mi crisis individual: siguen los Trumps, tiembla casi cada tercer día, sigo trabajando sin prestaciones y siguen desapareciendo personas. Pero sé que quiero tomar mi vida y llevarla a donde pueda sembrar más vida, preferentemente donde parezca que no es posible hacerlo. Necesito aprender cómo y hay quienes pueden enseñarme. Ahora ésa es mi hipótesis.

No conocí a las personas que aparecen en él ni traté de corroborar la información sobre la cooperativa que conforma a Las Cañadas. No concibo los documentales como documentos históricos sino como posibilidades de imaginación de lo real.

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Por: Karen de Villa

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