La certificación participativa: reconocimiento social a la producción orgánica en los mercados locales

En general, los sistemas de certificación surgen como una alternativa cuando se hacen evidentes fallas en un producto o servicio. Así es como se tiene registro de algunas de las primeras certificaciones para verificar la calidad de aparatos eléctricos en el período posterior a la revolución industrial. Desde entonces han surgido distintos tipos de certificación, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo pasado, conforme la disponibilidad de productos de consumo ha ido en aumento y los consumidores se vuelven más conscientes de su responsabilidad a la hora de adquirir un producto.

Hoy día existen procesos de certificación que avalan desde la eficiencia energética de un edificio hasta la justicia social en el comercio.

En un contexto donde cada vez es más evidente el impacto que tienen los sistemas de producción agrícola en el ecosistema y en la salud de las personas, surge la certificación orgánica como una forma de asegurar una producción de alimentos libre de agroquímicos. Los primeros sistemas de certificación de este tipo surgieron de asociaciones y cooperativas que deseaban impulsar el desarrollo sustentable y la producción ecológica en países del Tercer Mundo con miras a exportarlo a Europa, sobre todo en el caso del café. Demeter Internacional fue la primera agencia en desarrollar este tipo de sistema de verificación ambiental y hoy día cuenta con más de cinco mil fincas certificadas en 50 países. Esta misma agencia fue la encargada de llevar el proceso de inspección de la Finca Irlanda, considerada la primera unidad productiva cafetalera certificada orgánica en México en 1967.


Poco a poco, conforme al mercado de productos orgánicos fue creciendo a escala mundial, el número de empresas certificadoras fue en aumento y hoy día suman alrededor de 500, entre las que se encuentran Natureland, Soil Association y Nature et Progres.

Es importante mencionar que la certificación planteada de esta manera está enfocada a la exportación de productos en el marco del comercio internacional. Sin embargo, en países como Brasil, Perú o Bolivia se desarrollaron esquemas de reconocimiento social de buenas prácticas productivas dirigidas al mercado local. Así fue como nacieron los Sistemas Participativos de Garantía (SPG), que hoy día constituyen uno de los pilares de la agroecología, no sólo en el sur de América sino a escala mundial. En México los SPG han sido adoptados en los años recientes bajo el nombre de Certificación Orgánica Participativa en distintos tianguis o mercados orgánicos o alternativos, con el fin de fomentar el desarrollo rural sustentable y el consumo responsable.

Los Comités de Certificación Orgánica Participativa (CCOP) están vinculados a mercados con características de cadenas cortas de comercialización e incluyen a un equipo multidisciplinario integrado por técnicos, productores, promotores y consumidores que realizan las labores que normalmente hace una agencia certificadora; sin embargo, se diferencian en sus objetivos y alcances.

Por un lado, la certificación de agencia, al estar enfocada a la exportación, conlleva costos elevados para el productor y normalmente certifica un solo producto en la unidad productiva. Esto puede favorecer (aunque no sea siempre el caso) la certificación de monocultivos donde se sustituyan insumos de síntesis química por insumos permitidos en los lineamientos de producción orgánica sin ningún planteamiento permacultural o de incorporación de biodiversidad a la parcela.

Este tipo de certificación no es funcional para aquellos pequeños productores, como la gran mayoría de México, que cuentan con pequeñas unidades productivas destinadas principalmente al autoconsumo y donde el número de surcos destinados a la producción de cierto cultivo son contados ya que se favorece la agrobiodiversidad para satisfacer de la manera más amplia posible las necesidades familiares. Bajo este esquema, se comercializan los excedentes en tianguis y mercados locales y muchas veces no pueden ser denominados orgánicos al no poder acceder a una certificación como lo exige la ley.

Por otro lado, la certificación orgánica participativa surge de la mano con el desarrollo de los cada vez más frecuentes tianguis y mercados orgánicos o alternativos. Al involucrar a personas con distintos perfiles (consumidores, productores y técnicos) en los comités que realizan está validación, se favorece la transparencia y la confianza. Asimismo, estos comités promueven la participación de los consumidores involucrándolos en los procesos productivos más allá de su elección de compra en un estante de una tienda o supermercado.

Este esquema de validación certifica unidades productivas y no productos, por lo que resulta efectiva para ranchos o granjas con una producción biodiversa destinada al mercado local. Es importante mencionar que a la fecha son relativamente pocos los mercados que cuentan con comités que llevan a cabo las funciones de la certificación orgánica participativa y los existentes cuentan con distintos niveles de desarrollo en su actividad.



Existen casos de mercados que cuentan con comités más experimentados y que trabajan de manera multiregional, como es el caso del Comité de Certificación Orgánica Participativa del Mercado de Productos Naturales y Orgánicos Macuilli Teotzin, de San Luis Potosí, mismo que ha comenzado con un proceso de acreditación de sus labores ante la autoridad correspondiente (Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria, Senasica, dependiente de la Secretaría de Agricultura), por lo que se perfila como uno de los más avanzados en este tema.

Otro caso a resaltar es el del Mercado Agroecológico el Jilote ( http://www.eljilote.org ), que trabaja de manera virtual y que cuenta con una base de datos electrónica de las unidades productivas certificadas por su comité hasta la fecha.

Por otro lado, existen comités de certificación que excluyen el uso de la palabra orgánica en sus labores con el fin de evitar la regulación mexicana que existe sobre dicho término, y la sustituyen con algún otro que se considere prudente; sin embargo, sin importar el término que utilicen, cumplen con su función de dar credibilidad a la palabra del productor y certidumbre al consumidor sobre la calidad de un producto.

Conforme los Comités de Certificación Orgánica (o como deseen denominarse) se vayan profesionalizando y cada vez más mercados los vayan incorporando a su funcionamiento, veremos un crecimiento de la agricultura ecológica en México y por ende una mayor oferta para el consumidor con todos los beneficios ambientales y sociales que eso implica.

Para más información sobre los procesos de certificación orgánica participativa, es posible consultar el sitio web de la plataforma de tianguis y mercados orgánicos http://tianguisorganicos.org.mx

Por: Victor Flores / Plataforma de Tianguis y Mercados Orgánicos