Mapeo comunitario: geo-grafiando para la resistencia

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La geografía es una disciplina asociada a la memorización de accidentes geográficos (montañas, ríos, valles, etc.) y a la “simple” confección de mapas, entendidos generalmente como un retrato fiel de la realidad, y no como una representación creada desde un determinado punto de vista. Y por otro lado pero formando parte del mismo conjunto, para los Estados y el capital, la Geografía siempre había sido considerada un saber estratégico para “hacer la guerra”. Según el geógrafo radical Lacoste esto iba mucho más allá del sentido estricto de “dirigir operaciones militares”: el conocimiento sobre el espacio se asociaba a la política en un sentido más amplio, siendo esencial para conocer, organizar y controlar el espacio y la población sobre los cuales el aparato del Estado ejerce su autoridad.

El análisis de Lacoste nos señala que el papel de la Geografía para el fortalecimiento de los Estados y las empresas fue más allá del conocimiento estratégico: a partir de su institucionalización (como disciplina académica y escolar en el siglo XIX), la Geografía pasó a cumplir un rol fundamental en el proceso de legitimar en los imaginarios colectivos el monopolio del Estado como ordenador del territorio.

Esta perspectiva oculta una mirada total sobre el espacio, generando dos consecuencias distintas, pero estrechamente vinculadas. Por un lado, naturalizaba las configuraciones espaciales como hechos dados (las fronteras nacionales y las divisiones político-administrativas dentro de los Estados, por ejemplo), como si la conformación de los espacios no fueran procesos políticos, simultáneos al proceso mismo de organización de una sociedad. Por otro, ese ocultamiento es responsable de la creación de un determinado imaginario colectivo que naturalizó la vinculación inherente del territorio al Estado. Como si otros grupos/colectivos no fueran también actores que se apropian y crean espacios, siendo por lo tanto agentes legítimos de ordenamiento de sus propios espacios de vida y reproducción.

Este poderoso imaginario colectivo empieza a ser más cuestionado a partir de los años 1970 (y más fuertemente en las décadas siguientes) tanto en el ámbito académico (para lo cual la obra de Lacoste fue esencial) como por los propios movimientos sociales que empiezan a organizarse a partir de entonces con base en nuevas estrategias discursivas. Los movimientos indígenas y afros impulsaron una movilización por el reconocimiento de la diversidad cultural, lo que trajo a superficie el hecho de que los Estado nacionales, lejos de estar constituidos por una unidad cultural y territorial homogénea, se constituyen por una enormidad de particularidades culturales que eran sistemáticamente atropelladas por el ordenamiento territorial estatal, que es criticado como un desordenamiento de las formas de vida de los distintos pueblos. Basados en un análisis crítico del modelo de Estado hegemónico, estos grupos cuestionan la naturalización de la asociación directa entre Estado, nación y territorio, buscando con eso deshacer este mito fundador de la llamada “Modernidad”.

Articulados en torno a demandas por territorio y autonomía, estos movimientos explicitaron la existencia de formas diversas de apropiación y uso del territorio, así como de maneras distintas de relacionarse con la naturaleza, de organizarse política y económicamente e intentaron a través de sus luchas forzar el Estado a reconocer sus diferentes geografías. Sus demandas confrontaban directamente el modelo de desarrollo y de organización social de la colonialidad, proponiendo una ruptura con el poder emanado de ésta, pero también una ruptura con los saberes que le sirven, proponiendo transformaciones políticas, epistémicas y territoriales.

El caso de las organizaciones indígenas latinoamericanas (principalmente en Ecuador, Bolivia, México y Colombia) es quizás el más emblemático en relación al cambio de discurso respecto a este imaginario. Al politizar su identidad y considerar como punto clave su condición étnica como diferentes, los hasta entonces autoidentificados como campesinos cambiarán radicalmente sus discursos y sus estrategias. De esa manera, la antigua lucha por la tierra fue ampliada y transformada en lucha por territorio, autodeterminación y autonomía. Sin embargo, la denuncia respecto a la diversidad cultural (y sus respectivas territorialidades) dentro del Estado-nación no se restringe al movimiento indígena: también sectores urbanos, negros, campesinos, colectores (el caso de los seringueiros en Brasil) entre otros vinieron articulándose a partir de los 80 basados en un discurso que articula el reconocimiento/respeto a las demandas de autonomía territorial en el seno de los Estados nacionales.

En diálogo constante con estos movimientos y con las ciencias políticas, la Geografía también pasó por un periodo de replanteamiento crítico a partir del cual la supuesta neutralidad de la producción académica y escolar empezó a ser cuestionada. La “nueva Geografía” de la escuela brasileña, encabezada por Milton Santos, Carlos Walter Porto Gonçalves o Rogério Haesbaert, amplió su comprensión de lo político y del territorio, cuyo entendimiento dejó de estar vinculado exclusivamente al Estado. El territorio y las relaciones de poder pasaron a ser entendidos a partir de una perspectiva más amplia, a través de los múltiples sujetos involucrados en el espacio. El territorio deja de tener el monopolio del Estado, la geografía se convierte en un aporte para marcar, demarcar la tierra, grafiarla para ser apropiada material y simbólicamente por los grupos subalternos, dimensiones indisociables. Por ello, el territorio no es un hecho dado con anterioridad, sino el resultado de una lucha de distintas intensidades por la apropiación de un determinado espacio entre distintos actores, siendo redefinido de forma continua.

Nos parece fundamental la reapropiación crítica del concepto de territorio por parte de los movimientos sociales, así como la estrategia de “mapeo” de sus territorios para la apropiación de los mismos, para la disputa frente a los múltiples despojos. Desde esta mirada de la geografía crítica, entendemos que el ejercicio del mapeo comunitario puede ser una herramienta de lucha y de transformación social, desde la perspectiva de generar poder desde los sujetos políticos que están enfrentando la territorialización del capital en sus espacios de vida. Como una forma de forjar imaginarios colectivos e individuales de legitimidad de la apropiación del territorio frente al Estado y las empresas, como forma de estimular procesos de (re)conocimiento del propio territorio por parte de las generaciones más jóvenes en diálogo con las personas mayores conocedoras del mismo, en un contexto de descampesinización.

Destruir la jerarquía de saberes entre personas con título de geografía y las comunidades que hacen territorio es fundamental. El formato final de la cartografía resultante, variará dependiendo de la finalidad que tenga: desde procesos de mapeo en los que no haya ninguna cartografía, mapas mentales, mapas diagramados, producciones artísticas, planes de vida de contraordenamiento territorial, mapas cartesianos con todos los requisitos legales, etc. Dependerá de la escala del reclamo, de la necesidad organizativa. Sin embargo, nunca hay que olvidar que la Geografía siempre es un arma para la guerra. Lacoste nos recuerda que con las mejores intenciones, se puede estar brindando la información más preciada por el enemigo. Existe el riesgo de que si se concibe al mapeo como un fin y no como un medio, se esté dando un fuerte aporte en las estrategias de ordenamiento del Estado y las empresas capitalistas. Además de que el propio mapeo comunitario ha sido una de las herramientas más utilizadas por relacionadores comunitarios de empresas petroleras, funcionarios de ministerios interesados en destruir territorialidades indígenas, ONGs conservacionistas o capitalistas que buscan implementar plantaciones de árboles, por poner solo algunos de los ejemplos más conocidos. La geografía crítica será un aporte siempre que mire la disputa por el territorio entre distintos sujetos políticos, y opte por poner sus herramientas al servicio de la apropiación territorial de los pueblos despojados. El mapeo comunitario puede ser desde esta óptica una de las tácticas a utilizar.

Por: Manuela Silveira y Manuel Bayón / Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador

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